El encuentro…

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El “encuentro”, ese momento de iluminación casi divina, el segundo de certeza que nos indica que algo está por cambiar, que la vida está a punto de dar un giro inevitable. El preciso instante en el que el cuerpo con sus sensaciones, la mente con sus avatares y el corazón con sus emociones, se alinean y se complotan incluso contra nuestra propia voluntad.

El “encuentro”, sin sentido, sin motivo, fruto de todo y de nada al mismo tiempo. ¿Qué lo motiva? ¿Qué lo origina? ¿De qué desconocido y recóndito espacio surge? ¿Será una mirada? ¿Una palabra? ¿Un susurro que se escucha con el oído del alma y se implanta directo en el corazón? No hay respuesta correcta. Solamente contamos con las inexplicables sensaciones y lo implacable de las consecuencias. El “encuentro” sucede y el sentido cambia, se desintegra hasta quedar hecho polvo y se reconstruye en algo totalmente nuevo, mágico y, en ocasiones, nos atemoriza.

¿Cómo podemos volver a ser los mismos luego del “encuentro”? Esta vez, la respuesta es simple. No podemos. El “encuentro” es ese hito que separa un antes insulso de un después preñado de posibilidades. El comienzo de una historia…

FRAGMENTO DE “AZABACHE, EL COLOR DE LA PASIÓN”

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Me quité los pantalones tras el largo viaje, el aire salado del mar se sentía bien sobre mi piel acalorada. La quietud de la playa a aquella hora del atardecer era embriagante, no había rastros de gente cerca de allí. Decidí disfrutar del aire puro con todos los diminutos poros de mi piel, me quedé solo con una fina camiseta negra sin mangas y la ropa interior. Me tumbé sobre la arena y encendí un cigarrillo, sintiendo como la dulce toxina invadía mi ser. Podía escuchar el fuerte bramar de las olas frente a mí y la caricia de la arena en mi espalda.
Aún no me explico por qué, pero de pronto un cosquilleo me obligó a sentarme. Tome mis rodillas para afianzar mi equilibrio y me sentí obligada a mirar sobre mi hombro derecho.
Lo vi muy a lo lejos. A pesar de la distancia, podría jurar que se acercaba peligrosamente hacia mí, como un depredador a su presa, apremiante y sin dudas. Me sentí celosa de mi soledad pero tenía algo de curiosidad.
La brisa sopló calma y pude percibir su fragancia precisamente en mi dirección. Era alto, de hombros infinitos y varoniles, de piel morena, podía adivinar su perfecta figura a través de su camisa. Parecía joven, unos veinticinco años, quizás. Ese cosquilleo volvió a presentarse mientras lo veía acercarse.
Algo llamó más mi atención, como nunca nada lo había hecho en mucho tiempo… sus profundos ojos azabaches, eran como espejos en los que uno se podía ver, pero también verlo a él. Era transparente. Tenía aspecto de ser de por aquí, aunque quizás cualquiera lo fuera, sabía que no había muchos turistas por la zona.
Apagué mi cigarrillo rápidamente, ansiosa. Su mirada me escrutaba con descaro. No había olvidado que no vestía adecuadamente, pero de alguna manera, eso no me importó. Me sentía estúpidamente cómoda, casi desvergonzada.
Ya estaba sobre mí, a pocos pasos.
Nos miramos intensamente, como intentando entrar en el otro sin reservas, impacientes. Él se detuvo a centímetros de mí. Era como si simplemente se hubiera materializado allí, salido de alguna especie de ensoñación creada solo para mí.
“Lamento que tenga que decir esto. Sé que no te conozco, pero… ¿puedo acompañarte?”, su voz era firme y suave como la seda.
Su inocente impertinencia me golpeó como un enorme camión a toda velocidad. No pude hacer otra cosa que esbozar una sonrisa. Él parecía nervioso cuando volvió a hablar.
“No quiero incomodarte, ni parecer un idiota o mucho menos. Sé que no te conozco, lo siento”, sus palabras reflejaban duda aunque sus ojos mostraban determinación.
Extendí mi mano en señal de saludo y él sonrió. Tenía una hermosa sonrisa.
“Mucho gusto, entonces”, dije cuando tomó mi mano gentilmente.
“¿Cómo te…?”, intentó decir. Lo detuve colocando mis dedos sobre sus labios.
En ese momento supe lo que pasaría, como tantas otras veces lo había hecho. Se sorprendió ante mi reacción, sus ojos ligeramente abiertos lo delataron. Dados mis antecedentes no tenía intenciones de involucrarlo para nada, nunca me había importado mucho lo que pensaran o sintieran otros pero procuré evitarle cualquier tipo de esperanza. Ni siquiera quise saber su nombre. Sabía que por la mañana, cuando cualquier atisbo de curiosidad hubiera desaparecido, él sería nada más que una sombra descolorida para mí.
“¿Realmente importa quién soy? Estamos aquí… solo tú y yo”, era una fórmula que había aprendido en las calles de Boston tiempo atrás, pero hoy era realmente cierta.
“Solo tú y yo…”, dijo acariciando mi mejilla entre sus manos. Tomó mi mano y la puso sobre su pecho, su corazón latía como si fuera un puñado de potros salvajes en la pradera. El mío también, escandalosamente diría, pero intentaba ignorarlo. Tímidamente acercó su rostro hasta que nuestros labios casi se rosaron. Podía sentir su respiración agitada. Se movía despacio, como pidiendo permiso, o esperando mi respuesta. Me derretí cuando su brazo rodeó mi cintura y me atrajo hacia su piel en llamas. Cerrando mis ojos, dejé que sus labios y su lengua se fundieran en mí. Y era tal como lo imaginaba, mágico. Su boca empezó a rodar el espacio debajo de mi oreja, mi cuello, como miles de mariposas revoloteando al mismo tiempo.
Era tímido y susurraba en mi oído, inquieto por saber hasta donde llegaríamos. Yo sabía exactamente hacia donde íbamos. Lo único que quería era que nos fundiéramos en uno. Y así sucedió.

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“Azabache, El Color de la Pasión”

Ella creía entenderlo todo. Controlarlo todo. Hasta que él apareció en su vida para mostrarle que aún quedaba un misterio por resolver. El más increíble de todos los misterios.
Esta es la historia del encuentro entre dos caminos, entre dos rumbos dispares surcados por el mismo sentimiento. Ella es fría y desapegada, puro desconcierto. Él es auténtico y apasionado, puro desenfreno. Sus caminos se cruzan en una aldea alejada de la civilización, resguardada del mundo exterior, con sus propias normas y un estilo de vida muy peculiar. Un encuentro furtivo, peleas, mentiras y desencuentros.
Como una fuerza de la naturaleza, Sam Shaw, esta joven e impertinente escritora luchará a su modo por procurarse una historia de amor que lo trasciende todo. En el trayecto descubrirá la amistad, los lazos de familia y el verdadero amor.
¿Logrará imponerse a todos y a todo para conseguirlo? ¿Será capaz de escribir su propio final feliz?