Presentación de “Entre Luces y Sombras”

Entre Luces y La Promo-04Entre Luces y Sombras

Esta vez, tengo el placer de presentarles una obra muy especial para mí, no solo por el amor y la pasión que traté de plasmar en sus páginas, sino por contener mi primer intento por incursionar en el mundo de la fantasía y lo sobrenatural… Significó un desafío como autora y un nuevo salto en mi carrera literaria. Espero que disfruten de leerlo tanto como yo de escribirlo.

SINOPSIS

Alexandra Hall es una chica común y corriente, con un trabajo ordinario y una rutina sencilla, en plena búsqueda de aquello que le dé “sentido” a su vida. Zelig Bartram… ni siquiera es un hombre, es un ser oscuro que camina su condena sobre la tierra con aplastante ferocidad, con una existencia carente de “sentido”.
Una simple mirada, un roce casual, y el comienzo de una historia que lo cambiará todo. Allí donde solo había certezas se multiplicarán las dudas, donde reinaba la oscuridad surgirán destellos de luz. ¿Podrá un sentimiento tan sencillo como el amor convertirse en milagro? ¿Lograrán las luces disipar las sombras?
“Las personas a su alrededor se mantienen ajenas al huracán de emociones que lo arrastra a la deriva, lo desorienta; cada uno sumido en su nimia cotidianeidad, ignorantes respecto a la guerra que se desarrolla cada día frente a sus narices. Una guerra entre el cielo y el infierno, entre luces y sombras, la misma guerra que ahora se desata dentro de su pecho. Una guerra entre lo que es, lo que siempre ha sido; y lo que puede ser estando con ella. Una guerra entre su mismísima naturaleza y las posibilidades de algo diferente. Completamente diferente.
Pero, ¿puede hacerlo? ¿Puede ser algo diferente?”

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La lección de pesca…

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Ayer fue uno de esos días raros… Aunque no había demandado demasiadas responsabilidades, me sentía agotada y bastante desganada. El día estaba apagado, parecía una de esas jornadas destinadas a ser descontada más que vivida.

Al llegar a casa, recibí una invitación un tanto extraña: “¿Vamos a pescar?”. Por supuesto que, en concordancia con mi opaco humor, la primera respuesta fue una negativa. Minutos después, y luego de algo de dulce insistencia, acepté… a desgano. ¿Ir a pescar? La propuesta me sonaba tan apagada y tan rara como mi día.

Veinte minutos después, estábamos a orillas de la Laguna de Melincué. El primer pensamiento que vino a mi mente: “Hace frío”. Y eso no era todo, hacía frío, mi zapatilla decidió sumergirse en un charco de barro viscoso y hasta los mosquitos me resultaban ofensivos, como si hubieran declarado una guerra personal y encarnizada contra mi muslo derecho (y estaban ganando). Después de encontrar un lugar apropiado en la orilla, prácticamente me dejé caer sobre la incómoda silla plástica, ansiosa por comenzar de una vez con la dichosa pesca.

Mientras observaba la meticulosidad de movimientos y la absorta atención con la preparaban mi caña, noté que los últimos rayos de sol en el horizonte se complotaban con mi abrigo para hacer el frío más soportable. De hecho, después de unos minutos, casi no lo sentía. Mi atención se había trasladado de la temperatura de mi cuerpo a los fabulosos naranjas y rosas que auguraban la llegada del atardecer, imagen romántica que se duplicaba sobre las plácidas aguas de la laguna. En ese instante, mi día apagado y raro, se poblaba de colores y nacía una nueva oportunidad de hacer que valiera la pena… y la “lección de pesca” comenzaba.

Lección número 1: “Silencio”.

El ruido espanta a los peces… Me cuesta el silencio. Siempre me siento tentada de llenarlo con algo de conversación. Pero en ocasiones, el silencio te permite escuchar cosas que ni siquiera sabías que estaban ahí. Muchas veces, las palabras o la conversación sin sentido terminan por convertirse en “ruido”, pero el silencio, “habla”. El viento susurra, el agua canta, las cañas silvan, y hasta el “reel” tiene su propio idioma. Y si se presta la suficiente atención, incluso el sol ocultándose tiene su música.

Lección número 2: “Mirá”

Los ojos son para ver… Pero “mirar” es diferente. La laguna no estaba tan quieta como parecía al principio. Después de mirar, descubrí que estaba llena de vida. Insectos creando una intrincada danza a sus orillas, los peces delatando su presencia con burbujas de aire sobre la superficie y pequeñas olas circulares que se arremolinaban a su paso. Sabía exactamente dónde arrojar mi caña para tentarlos con la carnada… Hay que estar siempre un paso más adelante, no arrojar la caña donde están los peces, sino donde estarán… donde la sutil corriente que generaba el viento los llevará.

Lección número 3: “Paciencia”

La lección más difícil… Escuchar el silencio, mirar con atención, y esperar con paciencia el momento exacto. ¿El momento exacto? Mi insistente ansiedad me impedía percibirlo. Apenas sentía el “pique” tiraba de mi caña, y el pez terminaba por escaparse victorioso. La clave del éxito no es siempre ser el primero, es necesario ser oportuno. No precipitarse es la lección más difícil de asimilar. Soportar la angustia de no tener el control sobre todo lo que nos rodea, esperar con “paciencia” que la oportunidad aparezca, y tomarla con fe.

Lección número 4: “Sentir”

Estamos más acostumbrados a pensar… “Sentir” sin pensamientos de por medio es casi antinatural. Aprendí que si deslizaba mi dedo suavemente sobre la tanza, “sentía” el tironeo de los peces al probar la carnada. Ese era el secreto. Dejar de pensar en la mejor técnica de pesca y simplemente permitir que las sensaciones me inundaran. Aprender a sentir.

Última lección: “No existen días apagados y raros”

Al finalizar el día, me fui orgullosa de haber pescado una diminuta mojarrita que luego liberamos en la laguna. Algunos dirían que mi pesca había sido algo pobre, pero yo pienso que fue uno de los mejores días de mi vida. Regresé a casa con una sonrisa y una promesa interna de volver… Aprendí que la vida es como la pesca… Necesitamos escuchar más al silencio para escucharnos a nosotros mismos, permitirnos mirar con los ojos del alma, tener la paciencia suficiente para ser oportunos, y sobre todo, sentir más y pensar menos… En fin, la última lección fue que no existen días apagados y raros, solo existen esos días que esperan que nos demos una oportundidad de hacer que valgan la pena…

El encuentro…

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El “encuentro”, ese momento de iluminación casi divina, el segundo de certeza que nos indica que algo está por cambiar, que la vida está a punto de dar un giro inevitable. El preciso instante en el que el cuerpo con sus sensaciones, la mente con sus avatares y el corazón con sus emociones, se alinean y se complotan incluso contra nuestra propia voluntad.

El “encuentro”, sin sentido, sin motivo, fruto de todo y de nada al mismo tiempo. ¿Qué lo motiva? ¿Qué lo origina? ¿De qué desconocido y recóndito espacio surge? ¿Será una mirada? ¿Una palabra? ¿Un susurro que se escucha con el oído del alma y se implanta directo en el corazón? No hay respuesta correcta. Solamente contamos con las inexplicables sensaciones y lo implacable de las consecuencias. El “encuentro” sucede y el sentido cambia, se desintegra hasta quedar hecho polvo y se reconstruye en algo totalmente nuevo, mágico y, en ocasiones, nos atemoriza.

¿Cómo podemos volver a ser los mismos luego del “encuentro”? Esta vez, la respuesta es simple. No podemos. El “encuentro” es ese hito que separa un antes insulso de un después preñado de posibilidades. El comienzo de una historia…

FRAGMENTO DE “AZABACHE, EL COLOR DE LA PASIÓN”

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Me quité los pantalones tras el largo viaje, el aire salado del mar se sentía bien sobre mi piel acalorada. La quietud de la playa a aquella hora del atardecer era embriagante, no había rastros de gente cerca de allí. Decidí disfrutar del aire puro con todos los diminutos poros de mi piel, me quedé solo con una fina camiseta negra sin mangas y la ropa interior. Me tumbé sobre la arena y encendí un cigarrillo, sintiendo como la dulce toxina invadía mi ser. Podía escuchar el fuerte bramar de las olas frente a mí y la caricia de la arena en mi espalda.
Aún no me explico por qué, pero de pronto un cosquilleo me obligó a sentarme. Tome mis rodillas para afianzar mi equilibrio y me sentí obligada a mirar sobre mi hombro derecho.
Lo vi muy a lo lejos. A pesar de la distancia, podría jurar que se acercaba peligrosamente hacia mí, como un depredador a su presa, apremiante y sin dudas. Me sentí celosa de mi soledad pero tenía algo de curiosidad.
La brisa sopló calma y pude percibir su fragancia precisamente en mi dirección. Era alto, de hombros infinitos y varoniles, de piel morena, podía adivinar su perfecta figura a través de su camisa. Parecía joven, unos veinticinco años, quizás. Ese cosquilleo volvió a presentarse mientras lo veía acercarse.
Algo llamó más mi atención, como nunca nada lo había hecho en mucho tiempo… sus profundos ojos azabaches, eran como espejos en los que uno se podía ver, pero también verlo a él. Era transparente. Tenía aspecto de ser de por aquí, aunque quizás cualquiera lo fuera, sabía que no había muchos turistas por la zona.
Apagué mi cigarrillo rápidamente, ansiosa. Su mirada me escrutaba con descaro. No había olvidado que no vestía adecuadamente, pero de alguna manera, eso no me importó. Me sentía estúpidamente cómoda, casi desvergonzada.
Ya estaba sobre mí, a pocos pasos.
Nos miramos intensamente, como intentando entrar en el otro sin reservas, impacientes. Él se detuvo a centímetros de mí. Era como si simplemente se hubiera materializado allí, salido de alguna especie de ensoñación creada solo para mí.
“Lamento que tenga que decir esto. Sé que no te conozco, pero… ¿puedo acompañarte?”, su voz era firme y suave como la seda.
Su inocente impertinencia me golpeó como un enorme camión a toda velocidad. No pude hacer otra cosa que esbozar una sonrisa. Él parecía nervioso cuando volvió a hablar.
“No quiero incomodarte, ni parecer un idiota o mucho menos. Sé que no te conozco, lo siento”, sus palabras reflejaban duda aunque sus ojos mostraban determinación.
Extendí mi mano en señal de saludo y él sonrió. Tenía una hermosa sonrisa.
“Mucho gusto, entonces”, dije cuando tomó mi mano gentilmente.
“¿Cómo te…?”, intentó decir. Lo detuve colocando mis dedos sobre sus labios.
En ese momento supe lo que pasaría, como tantas otras veces lo había hecho. Se sorprendió ante mi reacción, sus ojos ligeramente abiertos lo delataron. Dados mis antecedentes no tenía intenciones de involucrarlo para nada, nunca me había importado mucho lo que pensaran o sintieran otros pero procuré evitarle cualquier tipo de esperanza. Ni siquiera quise saber su nombre. Sabía que por la mañana, cuando cualquier atisbo de curiosidad hubiera desaparecido, él sería nada más que una sombra descolorida para mí.
“¿Realmente importa quién soy? Estamos aquí… solo tú y yo”, era una fórmula que había aprendido en las calles de Boston tiempo atrás, pero hoy era realmente cierta.
“Solo tú y yo…”, dijo acariciando mi mejilla entre sus manos. Tomó mi mano y la puso sobre su pecho, su corazón latía como si fuera un puñado de potros salvajes en la pradera. El mío también, escandalosamente diría, pero intentaba ignorarlo. Tímidamente acercó su rostro hasta que nuestros labios casi se rosaron. Podía sentir su respiración agitada. Se movía despacio, como pidiendo permiso, o esperando mi respuesta. Me derretí cuando su brazo rodeó mi cintura y me atrajo hacia su piel en llamas. Cerrando mis ojos, dejé que sus labios y su lengua se fundieran en mí. Y era tal como lo imaginaba, mágico. Su boca empezó a rodar el espacio debajo de mi oreja, mi cuello, como miles de mariposas revoloteando al mismo tiempo.
Era tímido y susurraba en mi oído, inquieto por saber hasta donde llegaríamos. Yo sabía exactamente hacia donde íbamos. Lo único que quería era que nos fundiéramos en uno. Y así sucedió.

La corbata roja y plata…

Mariela Giménez

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Toda historia tiene un comienzo… A veces es planificado, calculado, pensado; pero en ocasiones, es fortuito, sorprendente, mágico… Cuando menos lo esperaba, la vida me regaló un chispazo de inspiración imposible de ignorar, una pequeña ignición interna que terminó por convertirse en un fuego que arrasó todo a su paso y lo cambió todo.

Diciembre de 2003. El año culminaba repleto de satisfacciones académicas, con metas personales que avanzaban a paso firme y unas esperadas vacaciones en casa de mis viejos. El único plan firme era descansar de responsabilidades y… bueno, no mucho más que eso. Con una agenda tan “abierta”, acepté gustosa cuando mamá me propuso un viaje a Santiago del Estero, con mi hermana como tercera pasajera. Compartir una escapada al norte con dos de las mujeres más importantes de mi vida era una propuesta imposible de resistir. Allá fuimos. Nos esperaban casi 750km de rutas argentinas…

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